
Las buenas maneras en el trato con los que nos rodean muestran en la persona una sensibilidad, un interés por los demás. Por el contrario la falta de consideración y las actitudes descorteses, cuando no agresivas, nos hablan de una sociedad llena de individuos que solo miran para sí y difícilmente están abiertos a la empatía y la convivencia.
Hablar de normas de cortesía y urbanidad no supone someterse a un complejo catálogo de normas de conducta, sino actuar sabiendo donde estas y con quien, siempre bajo una inspiración de respeto a la dignidad de las personas en general y a sus circunstancias particulares.
He observado que una persona es naturalmente amable cuando su vida está permeada de valores éticos y estéticos, cuando la empatía se convierte e una verdadera apertura del "yo" hacia el "nosotros".
La sonrisa, el gesto amable, el tacto en el trato demuestra consideración, generosidad y capacidad de mantener el buen ánimo más allá de las propias circunstancias. La amabilidad es una muestra de serenidad y completura de quien ha coronado con un corazón noble y bondadoso la polifacética personalidad, facilitando una armonía entre el pensar el sentir y el hacer.